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Baby Cake y la araña  

Por Garabatus



Baby Cake era una magdalena que vivía en los bosques de Palouw, muy feliz de estar en plena naturaleza; pasaba la primavera rodeada de amapolas, y cuando llegaba el verano, le gustaba estirarse sobre la hierba, a la sombra de los árboles, y bañarse al sol durante un ratito.

Pero he aquí que cuando llegaba el frío invierno, Baby Cake se resfriaba porque no tenía con que cubrirse la cabecita. Para curarse, tenía que encontrar el único árbol al que se le caían las hojas con el frío, y ese árbol estaba muy lejos de su casa; así que sin perder más tiempo, fue a buscar esas hojas que le servirían de sombrero durante el mal tiempo.

la magdalena Baby Cake triste y resfriada

Como ya había buscado el árbol otras veces, recordaba donde estaba, y no tardó mucho en dar con él. Cubrían el suelo millones de hojas de color verde-pardusco, y podría elegir sin problema las cuatro que necesitaba para hacerse un sombrero para el invierno.

Pero aquí llegaba otro problema; no tenía nada con que enganchar las hojas, de manera que taparan toda su cabecita. Muy triste,  se quedó llorando debajo del árbol de las hojas caídas hasta que entró en un profundo sueño. Durmió toda la noche, y cuando despertó, vio una sombra encima de ella que no era de las ramas del árbol, sino más oscura. Enseguida se dio cuenta; tenía una araña suspendida por encima, y tuvo mucho miedo, tanto, que no podía ni gritar.


A Baby Cake no le gustaban las arañas; todas las que había conocido eran hurañas e iban sucias, y nada bueno podía esperarse de ellas. Así que del miedo pasó al fastidio. Pero la araña, sin molestarse, preguntó:

¿Has pasado frío esta noche?”

a lo que Baby Cake respondió:

Si hubiera pasado frío, me hubiera despertado tiritando, y he dormido del tirón”.

Su respuesta no fue amistosa, pero no eso no hizo que la araña perdiera su buen humor; ella, que era una araña grande, dijo:

Te he estado vigilando desde que llegaste, y no has tardado nada en dormirte; y como parecías muy triste, he querido hacerte compañía; por eso me he colgado del árbol justo por encima de ti y he parado el frío para que durmieras feliz”.

La araña sobrevolando a Baby Cake mientras duerme

Baby Cake no acababa de fiarse de la araña, pero lo cierto es que se sentía muy a gusto pues era verdad que no hacía frío. Entonces, el animal vio las cuatro hojas en la cabeza de la magdalena, que se separaron, al no estar sujetas, cuando aquélla estiró una de las patas para desperezarse, y se fueron volando. Baby Cake se puso a llorar muy fuerte y a gritar:

¡Mira lo que has hecho! ¡Ahora voy a coger un buen resfriado!

La araña, sin dejar de sonreír, estiró aún más la pata, y ésta empezó a brillar.

Baby Cake estaba paralizada por el miedo; pero la araña le explicó lo que estaba pasando:

No te preocupes, que no te voy a hacer ningún daño; recoge las cuatro hojas que han salido volando, o otras cuatro, las que más te gusten”.

La magdalena obedeció, porqué creyó que era lo mejor. Cuando volvió con las hojas junto a la araña, ésta le dijo:

No tengas miedo por ver mi pata brillar; gracias a este brillo puedo colgarme de los árboles, hacer de parapeto para que no tengas frío, y también me sirve para alimentarme; porque yo no como magdalenas, ¡sois demasiado dulces para mí!. Esta luz que sale de mi pata es seda, y te dejaré una poquita para que puedas enganchar las hojas y hacer un sombrero de verdad, y así no pases más frío este invierno. Pasa un dedo por encima, verdad que se queda pegajoso? ¡Pues con esta seda te va a quedar un gorro chulísimo!

Y Baby Cake, que al principio no estaba nada convencida, hizo lo que le dijo la araña y vio que con la seda su sombrero quedaría  bien sujeto, que ese invierno no se resfriaría, y lo más importante, que había ganado una amiga a la que podría visitar cada año cuando empezara el frío. Y además aprendió que no todas las arañas son iguales, y que antes de decidir que alguien no te cae bien tienes que conocerle.

Baby Cake con su sombrero hecho de hojas